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nanai

¡Que reine el Caos de informes probóscides! (Vía http://habitantesdelcaos.com)

Frenético, a toda velocidad, Rebollo dibujó con tiza una serie de figuras geométricas cuyos lados se fusionaban y daban origen a otros polígonos en el suelo. Justo cuando hubo terminado, respirando de modo entrecortado por la tensión, escuchó que su oponente llegaba hasta la puerta blindada de la trastienda y la golpeaba como quien pide permiso para entrar.

Tragando saliva, no respondió y se preparó para la confrontación.

La puerta empezó a emitir un brillo rojizo, como si estuviera fundiéndose, aunque no emitía calor. Decidió no consumir fuerzas intentando evitar la entrada de su enemigo y contempló el metal licuándose, desparramándose por el suelo y formando un charco líquido y grisáceo que inundó la trastienda, aunque sin penetrar en las figuras que había trazado para conformar su zona de protección.

Una figura encapuchada y embutida en una túnica marrón, avanzó haciendo que el borde de sus vestiduras, tan largas que tapaban sus pies, quedaran impregnadas por el metal fundido, resultando en una especie de reborde plateado. Avanzó con parsimonia, recreándose en su avance. Rebollo apretó los dientes y entornó los ojos.

–No te temo, Enviado –dijo, desafiante.

–No me importa –respondió su enemigo, elevando los brazos hacia su cabeza, la capucha le cayó sobre la espalda, revelando una máscara metálica que cubría sus facciones. Rebollo quedó atrapado por un instante en los intrincados diseños de su superficie labrada, pero farfulló algo y se deshizo de su influencia.

–Dominas ciertos trucos. –Rio con fuerza, provocando en Rebollo un ligero dolor de cabeza–. Pero no eres nada para mí.

–¿Pretendes matarme de aburrimiento? –preguntó el hombre, elevando la voz.

Un sonido que podía pasar por una risita salió de detrás de la máscara. Rebollo se decidió a atacar en ese momento y, tras pronunciar unas secas palabras guturales, de muy difícil pronunciación para una garganta humana, proyectó su mano izquierda hacia delante, haciendo que una lanza de luz azulada surgiera de sus dedos, abalanzándose hacia el intruso.

Este, sin haber esperado que su rival atacara con tanta determinación, acusó el golpe recibido en el hombro, que le hizo trastabillar y doblarse un tanto hacia atrás. Sin embargo, respondió de inmediato, sin más bravatas, y la oscuridad pareció apiñarse en torno a él, proyectando brazos y apéndices que buscaron en la sala cualquier cosa que arrojar contra Rebollo, por fortuna protegido tras la barrera que había levantado anteriormente. Frascos, botellas, libros… objetos que golpearon la zona circundante a él y caían al suelo, rotos sin provocarle daño alguno.

Se permitió una ligera sonrisa y volvió a lanzarse al ataque.

La luz azulada se arremolinó en torno al encapuchado, y Rebollo incluso creyó oír que mascullaba algo que le sonó como un gemido de dolor. Otra lanza de luz azulada golpeó, con tino, la máscara metálica que cubría su cara, pero no con la fuerza suficiente como para arrancarla.

Entonces, el encapuchado gritó, un alarido proveniente de eones pasados, edades olvidadas en las que otras estrellas iluminaban con debilidad un mundo joven y frágil.

Rebollo se estremeció de miedo al oírlo, y sintió que un gélido escalofrío recorría su columna. Como si un insecto de múltiples patas estuviera arañando sus vértebras con tal fuerza que las estuviera astillando.

Todo pareció congelarse en el tiempo y el espacio. La luz y la oscuridad, que continuaban pugnando en el espacio físico, decrecieron en su propia intensidad para acabar en la inexistencia. La mano del extraño cogió su máscara por el lateral y la apartó de su cara, mostrándola en su pavoroso horror.

Pues Rebollo jamás había contemplado una belleza tan perfecta, tan maravillosa, tan inmaculada, que solo cabía considerarla como algo imposible, extraterreno y maléfico.

Rebollo aulló de miedo, sintiendo la sangre helarse en sus venas, y perdió toda concentración. Una a una, sus medidas de protección cayeron, y del engendro inhumano brotaron, con mucha más fuerza y en mayor cantidad, brazos de oscuridad que agarraron al hombre, sumiéndolo en la negrura, abriéndole el camino hacia el olvido más completo.

La muerte.


Lucía vio cómo su guía se detenía de modo abrupto y se inclinaba hacia un lado, hasta quedar apoyado de costado contra la pared. La criatura se puso la mano en el rostro y gimió.

–¿Qué ocurre? –preguntó la policía.

–Ha… ha muerto –contestó él.

–¿Rebollo?

–Carlos. Carlos era su nombre. Está muerto –repitió.

–Lo siento –dijo Lucía, sin moverse. Pensó en mostrarle su pena acariciándole el hombro, pero se detuvo a mitad de movimiento, porque Sanz se giró con brusquedad hacia ella, mirándola con ojos tristes y humedecidos.

–He estado mucho tiempo con él –dijo–. Han sido muchos años, y ahora…

Sacudió la cabeza con fuerza y calló, frunciendo el ceño, guardando para sí lo que sentía. Comenzó a bajar de nuevo la escalera.

Lucía comprendió que la amistad entre ambos era muy fuerte, y notó como si un lazo se formara entre ella y el ser, al haber perdido ambos a personas tan queridas para ellos. Esa lucha estaba resultando costosa hasta límites insoportables.

–Sin embargo –susurró él–, Carlos ha conseguido hacerme partícipe de cierta información útil sobre aquel a quien nos enfrentamos. Ahora sé algo más sobre él.

–¿Y qué es? –inquirió Lucía, justo en el instante en que pisaba el último escalón y contemplaba ante ella un espacio anchísimo, como una caverna de enormes dimensiones, iluminada de modo tenue por un brillo verdoso fosforescente que parecía surgir de las propias paredes de piedra.

–Como nos temíamos, un Enviado. Un Agente de gran poder que no es de este mundo –explicó–. Tenía la esperanza que fuera un mero humano con conocimientos arcanos, pero no es el caso. Esta entidad es un desafío.

–¿Es un… dios? –se atrevió a preguntar ella.

–¿Un dios? No, no. Las mitologías y panteones creados por la raza humana no son aplicables, ni siquiera como ejemplos. –Dio unos cuantos pasos en el interior de la gruta, y la luz de la llama de la antorcha pareció reflejarse en las paredes, multiplicándose, permitiendo a Lucía contemplar mucho mejor el lugar–. Ya hemos hablado sobre la Semilla.

–Sí, algo así como un ente que es parte de un antiguo ser de otra dimensión –recapituló ella, sintiéndose menos extrañada de lo que cabía pensar al decir esas palabras.

–Algo así. Este enviado es… algo así como un ente inferior en poder a la criatura de la que forma parte la Semilla. Creo que puede ser descrito de ese modo, para entenderlo al menos.

–Lo entiendo –asintió ella, dejando que sus ojos se deslizaran en derredor, contemplando las fascinantes, y al mismo tiempo repulsivas, formaciones calcáreas de la caverna, que parecían fluctuar como ondas en el agua, formando dibujos y sombras procesadas por la mente de Lucía despertando de forma efímera en ella recuerdos pasados, como cuando un olor transporta, sin saber por qué, a la infancia.

–Lo cual –Sanz levantó la antorcha lo más que pudo con sus largos brazos, y la lengua de fuego pareció elevarse hacia el techo más de lo que era posible–, me lleva a concluir que el plan que debemos trazar para acabar con él es más peligroso de lo que pensaba.

–¿Qué quiere decir? –preguntó Lucía, sintiéndose inquieta.

–Para poder detener a este Enviado, y para rescatar a su hijo, solo podemos actuar de una forma, Lucía –explicó, con aire cansado y preocupado.

–¿Y cuál es? –Lucía estaba a punto de gritar, frustrada; lo único que quería era que le dijera de una maldita vez el modo de recuperar a Guillermo.

–Tenemos que adentrarnos en sus dominios. En los dominios de los… dioses.

Lucía lo miró con expresión perpleja. Se encogió de hombros, como resignada a que lo próximo que saliera de la boca de la criatura, por increíble que fuera, debería aceptarla.

–A este sitio –continuó hablando él, abarcando con uno de sus largos brazos la gruta–, lo llamo el Nexo. Es una unión de realidades, alejada de otros planos…

–¿No sería mejor que continuáramos? –preguntó ella, interrumpiendo la verborrea esotérica–. Podrían seguirnos aquí abajo.

–No –la contradijo, meneando la cabeza con determinación–. Esta zona es una especie de burbuja aislada de los planos que puede hollar nuestro enemigo. No puede penetrar las defensas del Nexo. Aquí podemos descansar y pensar qué hacer a continuación.

Lucía se dejó caer sobre el suelo, sintiendo el frescor húmedo de la cueva a través de la fina tela de su pantalón y suspiró cansada. Abrió el bolso, que no había olvidado de coger antes de salir a la carrera de la tienda, y sacó la pistola, sintiéndose reconfortada al palpar el metal de la culata y notar los olores de aceites y grasa que desprendía.

Su compañero, y le resultó extraño pensar en que ese extraño ser se había convertido en tal cosa, seguía hablando, pero ella no le hacía ni caso. A lo sumo, captaba algunas palabras sueltas de un discurso que había dejado de interesarla. Los últimos días habían sido una locura, una pesadilla, y solo deseaba despertar. Encontrarse junto a la cama con Javier y acariciar el pelo de Guillermo mientras paseaban por el parque a la luz del día. De un día límpido, claro y hermoso que le parecía casi algo inalcanzable, ahí, en ese extraño lugar a metros y metros bajo tierra.

Aguzó el oído y giró la cabeza hacia su derecha, intentando captar con más detalle un sonido que podía pasar por el ulular del viento, pero que parecía decir algo. Hizo lo posible por obviar la voz de la criatura y concentrarse en la vocecilla. Ahí estaba de nuevo, musitando:

–Mamá.

Se levantó de golpe, como impulsada por un resorte, provocando que la criatura dejara de hablar de inmediato. Sin dar una explicación, comenzó a correr hacia la fuente del sonido y, para cuando su simiesco compañero se dio cuenta de lo que pasaba, ya había recorrido la mitad de la distancia que la separaba con una de las paredes, en la cual se adivinaba, gracias al brillo fosforescente que reinaba en la cueva, una abertura que llevaba a un túnel flanqueada por formaciones calcáreas que parecían simular extrañas figuras.

–¡Lucía, pare! –gritó él, sin éxito, y se lanzó tras ella.

La mujer era demasiado rápida para él y pronto desapareció en la oscuridad, que pareció abrazarla como un amante celoso, aferrándola y disolviéndola en su interior. Se paró, resollando, y torció el gesto. Pensó en seguirla, pero no sabía qué podría haber más allá de ese túnel.

Nunca antes, y había estado muchas veces en el Nexo, lo había visto.

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