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Aquí va un relatillo corto nuevo, que llevaba unos días rondándome la cabeza. Vale, dejo a algunas de vosotras colgadas esperando las siguientes partes de «La semilla» y «El romance del falso caballero», pero es que esta pequeña historia me quemaba en los dedos, gritaba para ser escrita. De verdad.

Espero que la disfrutéis. O no, que a lo mejor da un poco de repelús…

Garra-Sombras-83490


UÑAS

Por fin pronuncian mi nombre. La enfermera, una mujer joven de aspecto cansado, entrada en carnes y sonrisa falsa, me ha llamado:

–Pase –me indica señalando con el bolígrafo al interior de la consulta. Aunque el retraso ha sido considerable, prefiero no decir nada. No me quejo. No protesto. Saludo con educación.

–Buenos días. –La doctora, juraría que recién salida de la facultad por su juventud, me saluda con un ademán de cabeza y vuelve a mirar la pantalla de su ordenador, imagino que consultando mi expediente.

–Bien, ¿qué le ocurre? –pregunta.

–Verá… son mis uñas. –Pongo, sin ningún tipo de miramiento, las manos sobre la mesa entre ambos. Veo con el rabillo del ojo que la enfermera hace un gesto de asco. Es normal: yo también lo haría si viera unas uñas que deben medir ya cinco centímetros de largo, engarfiadas como las garras de los pájaros de presa y de un color amarillento, enfermizo y sucio. Antes de que me tomen por un loco que no conoce las tijeras, añado–: Crecen rápido.

–¿Perdón? –inquiere la médica, mirándome con un gesto a medio camino entre la diversión y el hastío.

–Desde hace tres días, no paran de crecer…

–Bueno, las uñas nunca dejan de hacerlo –explica con aire catedrático–; es como el pelo.

–Sí, ya lo sé. Pero no a esta velocidad, doctora. –Me remuevo inquieto en la silla y bajo las manos a mi regazo escondiendo el terrible espectáculo–. Ayer, me las corté cinco veces a lo largo del día. Esta mañana, mi mujer ha tenido que ayudarme con las tijeras al despertarme porque… bueno, porque no podía manejarme con ellas.

La pobre no sabe dónde meterse. Es normal. Tiene a alguien enfrente que, aunque no parece a primera vista un chiflado, le está contando una milonga de cuidado. Sonrío intentando que las dos sanitarias no me tomen por loco, pero la tristeza en mis ojos hace que resulte una pose muy poco convincente.

Y lo cierto es que empiezo a pensar si no es todo una locura, una pesadilla de la que no puedo despertar. Ver crecer ante mis ojos mis uñas…

–¿Y las de los pies? –pregunta la enfermera con aire de choteo, siendo recriminada por la dura mirada de la doctora.

–No. Por fortuna, esas crecen al ritmo normal. –Soy consciente de que eso empeora las cosas: si fuera una enfermedad, aunque no sé cuál podría ser, todas las uñas de mi cuerpo crecerían a gran velocidad.

–Vaaaale… –La doctora arrastra las palabras y sé que es una batalla perdida. No me cree–. Podemos hacer lo siguiente: le cortamos las uñas y las llevamos al laboratorio para analizarlas, a ver si hay algo raro y lo hablamos con el especialista, ¿eh?

La condescendencia en su voz me hace ver que ha dicho eso para salir del paso, para quitárseme de encima. Con todo, es algo a lo que aferrarme, así que asiento y dejo que la enfermera, con una cara profesional pero que no disimula cierta repulsión, utilice las tijeras, farfullando de vez en cuando algo como “son muy duras”.

Unos minutos después, las asquerosas piezas de mi propio ser están metidas en una bolsita que me dicen llevarán al laboratorio clínico, que en una semana deberían estar los resultados dermatológicos, y me levanto, dando las gracias, para irme a mi casa.

Todo el camino lo paso pensando en que esto es algo increíble. Saco las manos de los bolsillos, donde las he refugiado del frío viento que sopla esta mañana de enero, y me contemplo los dedos. Ahí están: las uñas, que tan rasas me había dejado la enfermera, empiezan a asomar ya dejando atrás sus dedos, extendiéndose quién sabe si hasta el infinito, hasta convertirme en un hombre que será una masa de cuerpo, huesos y sangre pegada a unas garras inconcebibles.

Tragando saliva, aguantando las ganas de gritar, de llorar, de golpear cosas, entro en la cocina. Sé lo que debo hacer. Aunque cojo una botella de ginebra con la intención de beberla de un trago para soportar el dolor, me lo pienso mejor y la dejo sobre la encimera de granito negra donde tantas veces he cortado tomates, pimientos y lechugas. No puedo permitir que el alcohol nuble mi pulso.

El cuchillo de cerámica sale de su funda con un suave siseo y, con mucho cuidado, hago que su filo repose sobre la unión entre las falanges de los dedos índice, corazón, anular y meñique de la mano izquierda. Me mordisqueo el labio, nervioso, sintiendo la leve presión del cuchillo, tan afilado que ya ha provocado una pequeña raja sangrante. Trago saliva. El golpe, el tajo, tiene que ser decidido, firme, o no cortaré los cuatro a la vez. Mejor que sea rápido, porque tendré que repetirlo con la otra mano y, después, con los pulgares. Me vienen a la mente imágenes de los japoneses al final de la Segunda Guerra Mundial, eviscerándose cometiendo seppuku, introduciendo la espada en su pecho, bajando hacia el abdomen, haciendo un corte longitudinal en el mismo destrozándose las tripas mientras los ayudantes preparan la katana para decapitarlo.

Quizá no sea lo mismo, pero siento el mismo miedo que debían tener esos japoneses antes de hacerlo.

Y la misma determinación.

Bajo la mano que sujeta el cuchillo con fuerza, venciendo la presión que mi propio cuerpo opone.

Y grito.