Seleccionar página

DIARIO DEL CAPITÁN

Ghost-Ship-Poster

1 de agosto de 1750

El Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza ha partido del puerto de Manila cargado con las mercancías previstas, sin ningún incidente durante las labores. La tripulación parece de buen humor pese a la bisoñez de muchos de sus miembros, y los vientos nos empujan favorablemente hacia nuestro destino, Acapulco. Tengo un pálpito: esta navegación va a ser la más afortunada de cuantas he realizado en mis años como capitán de navío. Siento que Dios está a nuestro lado, velando por nosotros, y que impedirá que ninguna tormenta nos desvíe.

15 de agosto de 1750

La mar se ha levantado un tanto picada esta mañana, pero nada que el esfuerzo de los buenos hombres del galeón puedan combatir. El viento ha soplado con fuerza y he ordenado arriar las velas para evitar su rasgado. La fuerza de la corriente es suficiente como para hacernos avanzar, y no veo motivo alguno para poner en peligro el barco por ganar solo unas pocas horas de tiempo en nuestro viaje.

30 de agosto de 1750

Hemos hecho una escala no programada en San Jacinto. Tengo la sospecha de que la fuerte insistencia de mi segundo en realizarla no tenía tanto que ver con la tormenta que se veía en el horizonte, a nuestra proa, y sí con la introducción de cajas de contrabando. Cuando pueda, revisaré la bodega. Espero no encontrar mercancía sin el preceptivo sello real, pues eso indicaría que deberé ejecutar un castigo ejemplar.

3 de septiembre de 1750

Para mi sorpresa, en San Jacinto subió algo no deseado… ¡mas no mercancía! Examinando la bodega, hallé a un tagalo pequeño y esquelético, de dentadura podrida y labios hinchados, que me tenía tanto miedo que pensé que me confundía con el diablo. Cuando logré vencer su resistencia a comunicarse conmigo y abandonó la esquina en la que había intentado en vano esconderse, le hice ver que no tenía nada que temer.

No soy un capitán que tire por la borda a los desgraciados que se cuelan en su barco. Soy incapaz siquiera de pensar en ello.

Dado que no habla español, tuve que pedir ayuda a Moisés, un filipino que chapurrea el idioma de sus abuelos. Por desgracia, el pobre diablo ha perdido la cabeza, y solo es capaz de farfullar incoherencias, hablando de sacrificios, gente deforme y demonios de nombre exótico que suenan a algo parecido a “Jatul”, o quizá “Qutún”.

He decidido que repose en la enfermería, a cargo del cirujano de a bordo.

5 de septiembre de 1750

¡Ha ocurrido algo horrible! Los hombres están asustados ante lo que han visto y yo mismo no consigo encontrar la paz interior, por muchos rosarios que rece. Dios parece no querer reconfortar mi alma, y el terror me posee cuando revivo las imágenes de lo sucedido.

El tagalo aulló durante toda la noche, impidiendo que nadie pudiera dormir, pese a que el cirujano le administró una buena dosis de opio en las venas, como hacen los ingleses.

Fue en vano.

En un descuido, el tagalo cogió uno de los cuchillos que el cirujano utiliza para sajar los abscesos purulentos y subió corriendo a cubierta, desnudo, una visión espeluznante de huesos y pellejo que llegó hasta proa y, sin hacer caso de nuestros ruegos y súplicas, se rajó la garganta de lado a lado, con tal fuerza que casi se decapita.

La sangre chorreó entre la tablazón y todos nos persignamos.

12 de septiembre de 1750

Los hombres están nerviosos y responden a mis órdenes de mala gana, rezongando y arrastrando los pies. Es tal su desidia que la vela mayor se desplegó al recibir un golpe de viento, cuando debía estar completamente arrollada.

13 de septiembre de 1750

No puedo hacer nada con la tripulación. Se dedican a holgazanear y, por mucho que los amenace con el látigo, ni siquiera me miran. Todos hablan en voz baja y señalan hacia proa, donde todavía quedan restos de la sangre tagala que se derramó. El barco sigue avanzando, pero ni siquiera estoy seguro de que nuestra proa vaya en la dirección correcta.

14 de septiembre de 1750

La mar ha adoptado una tonalidad extraña, muy oscura. Es como si el azul del agua se hubiera tornado légamo, y cuando he hecho que bajaran la sonda, esta ha subido recubierta de una sustancia viscosa. El hedor que desprende el océano es como el de miles de peces muertos, y más de un marino ha vomitado hasta las entrañas.

15 de septiembre de 1750

Por mucho que lo piense, no encuentro explicación. El Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza ha quedado varado en medio del mar, incapaz de seguir avanzando. En principio, he mirado si el ancla había sido soltada por error, pero está en su lugar.

Simplemente, no avanzamos.

El cielo está oscuro, aunque no sopla viento, y las nubes, cargadas y negras como la pez, tampoco sueltan el aguacero que parecen prometer.

Es todo muy extraño. Antinatural, diríase.

Tras pensarlo durante mucho rato, voy a mandar un bote, conmigo al frente, a esa isla que se yergue ante nosotros y que, a la vista de todas las cartas náuticas que obran en mi poder, no debería estar ahí. La he visto por el catalejo, y debo encontrarme algo enfermo, febril, pues me ha parecido que las extrañas construcciones de increíbles angulosidades fluctuaban y cambiaban de sitio. Sin duda, un efecto de mi mente cansada.

Espero que sus habitantes nos ayuden.
1705162344205.barcode-300.default