Seleccionar página

EL NIDO DE PIRATAS

joel harlow innsmouth deep one hybrid makeup

Fascinante maquillaje de un híbrido de profundo y humano (vía http://realmsofchirak.blogspot.com.es/2015/12/d-5e-deep-one-hybrids.html)

—¡Vamos, vamos! —El centurión gritaba como si le fuera la vida en ello y, en cierto modo, así era. Desgañitándose, buscaba inflamar el ansia guerrera de los hombres bajo su mando, procurando que saltaran a tierra lo antes posible y formaran una tortuga para evitar que los proyectiles sembrasen la muerte entre los legionarios—. ¡Esos bastardos están esperando a que les metáis la espada por el culo!

Inspirados por los gritos, maldiciones y órdenes que resonaban a lo largo de la playa, las galeras fueron quedando vacías, y la rapidez con que la maniobra de desembarco se ejecutó hizo que quedaran muy pocos cadáveres tendidos en la arena o flotando boca abajo, arrastrados por las olas.

Mucho más atrás, a una distancia segura, el general Gneo Pompeyo, apodado el Magno, contemplaba la llegada de una embarcación tras otra a tierra, satisfecho. La segunda fase de su plan para limpiar de piratas las costas del Mediterráneo había dado comienzo: los asaltos de legionarios a los cubiles de esas alimañas dejarían bien claro que Roma no iba a consentir más asaltos a sus naves. El mar sería, por fin, un lugar seguro en el que navegar.

Los escudos se elevaron por encima de las cabezas de los hombres y las tortugas así creadas avanzaron de forma lenta y pesada hacia los grupos de arqueros que disparaban intentando rechazar a los romanos. Los proyectiles rebotaban en los escudos o se clavaban en ellos sin herir a sus portadores, en un ejercicio de suprema futilidad. Roma seguía avanzando para llevar el orden, la paz y el progreso a todos los rincones del mundo conocido.

Los piratas no tuvieron ninguna opción. En cuanto los legionarios estuvieron lo bastante cerca como para que las flechas resultaran todavía más inútiles, desenvainaron sus espadas y comenzaron a tajar los cuerpos de los piratas, que morían aullando con los intestinos desparramados por el suelo, las gargantas tajadas de parte a parte y las manos cercenadas entre chorros de sangre.

La tortuga pasaba por encima de los cuerpos que se retorcían, rematándolos a pisotones de sandalias claveteadas con tanta facilidad como el molinero muele los granos de trigo para hacer harina.

Uno de los centuriones, satisfecho por el excelente trabajo de sus muchachos, se había quedado un tanto rezagado y se quedó mirando, divertido, a un pirata que había perdido la pierna izquierda por debajo de la rodilla. Dejaba un rastro de sangre al arrastrarse, y sus ropas, meros jirones que apenas cubrían su desnudez, eran amarillas. Eso le pareció, sin saber por qué, extraño: ropas amarillas, del color del oro.

Pasándose la lengua por los labios resecos, sacó el arma y se puso junto al pirata moribundo, buscando con ojo experto si en las manos del pobre diablo había algún anillo que poder arrancar de su dedo.

No lo había.

Contrariado, torció el gesto y metió el pie por debajo del torso del tipo, dándole la vuelta con una patada tan fuerte que hizo que el pirata dejara de respirar por el impacto.

El centurión contempló con gran pasmo la cara del hombre, si es que así podía llamársele. Sintió que el mundo daba vueltas en derredor y la cabeza pareció estallarle hasta que, por fin, le poseyó una náusea incontrolable y vomitó un torrente de bilis con el que casi se ahoga.

El pirata elevó una mano entre cuyos dedos había una membrana palmeada mientras le miraba con lo que parecía desafío en el rostro.

Un rostro deforme más allá de toda deformidad, de ojos saltones como los de los besugos que se venden en el mercado, sin párpados ni cejas que los coronasen, dos esferas de brillo apagado que resaltaban en una cara hinchada, abotargada, de mejillas redondas y carnosas, sin barbilla. Sus labios eran gruesos, y cuando se abrieron, revelaron que tras ellos no había ni un solo diente: solo encías de color negruzco. La nariz era bulbosa y las orejas casi no existían, reducidas a meros agujeros a los lados de una cabeza en cuyo cuello palpitaban unas hendiduras, tres pequeñas rajas paralelas que se agitaban con cada inhalación de aire del pirata… hendiduras que eran iguales que las branquias de los peces.

El nido de piratas