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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)(IX)(X)(XI)(XII)(XIII)(XIV)

lancelot

Sir Lancelot du lac, por Eleanor Fortescue-Brickdale

Elin apretó los labios ante las funestas palabras de Firdánir. Sus ojos relampaguearon y cuadró los hombros, dispuesta a abrir de una patada la puerta y anunciar a quienes estuvieran detrás de la misma que estaba dispuesta a todo para salvar al Bello Desconocido.

Antes de poder lanzar el golpe, Perceval la detuvo:

—¡Deteneos! —Elin lo miró molesta, pero le hizo caso. El caballero continuó—: Cuando fui llevado al salón del trono, no entramos por esta puerta.

—¿No? —preguntó ella, esperando a que continuara.

—Fue una arcada, en un lateral del salón del trono. No había ni quince pasos de ella hasta el lugar donde se sentaba… —Se estremeció al recordar lo que le había ocurrido dentro.

—Busquémosla entonces —decidió Elin, alborozada—. Los sorprenderemos y amenazaremos al señor élfico antes de que puedan reaccionar. ¡Vayamos!

Los cantos seguían sonando, pero en cualquier momento podían cesar, significando que la vida del caballero estaba a punto de terminar. Un sentimiento de urgencia los poseyó y dejaron atrás, de forma inconsciente, toda prudencia, casi corriendo por los pasillos y salas cercanas, buscando la arcada a la que Perceval se refería.

Por fin, la encontraron, y ni un momento pronto: las voces de los elfos habían callado, y una gruesa cortina de silencio dominó el ambiente.

Sin pensarlo siquiera un momento, Elin se lanzó al interior de la estancia, provocando gritos de sorpresa e indignación. Echando un rápido vistazo, la joven se hizo cargo de la situación. Un trono oscuro, rojizo, bañado por la luz filtrada a través de unas siniestras vidrieras. Una figura tenebrosa sentada, pero de tal porte y tamaño que parecía un gigante. Una mujer de fiero aspecto junto al señor del castillo, de mirada torva. Un grupo de al menos cincuenta elfas y elfos vestidos con túnicas de color gris que sujetaban gruesos cirios entre sus manos. Y el Bello Desconocido, protagonista indiscutible de lo que estaba sucediendo.

El Bello, arrodillado y con la mirada perdida, cuya cabeza estaba a punto de ser cortada por el enorme mandoble que se cernía sobre él, empuñado por un guerrero acorazado de blanca cabellera y facciones hermosísimas.

Todo pareció suspenderse por unos instantes ante la inesperada aparición de Elin. Tras un momento de confusión y sorpresa, Calau’dar’Onieril, el rey élfico, se levantó apoyando sus manos en los brazos del trono. Con lentitud y majestad, mostró los dientes al decir con voz grave:

—¿Cómo osas? —Señaló a Elin, que ladeó la cabeza sonriente. La muchacha sentía el fuego de la ira y el deseo del combate recorriendo sus venas, y balanceó un tanto su acero frente a ella, retando al rey, en cuyos ojos brilló una chispa de comprensión súbita al mirarla. Dijo—: ¡Tú! —Y soltó una risotada.

—Yo —replicó Elin, que dio rápidas zancadas con la intención de atacarle.

No había recorrido la mitad de la distancia, sin embargo, que la mujer junto al trono interpuso su espada. Los aceros chocaron con estrépito y el eco del metal ascendió al techo. Calau’dar’Onieril ordenó, lleno de furia:

—¡Matadlos! ¡Matadlos a todos!

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