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Abrió los ojos al sentir algo que se movía cerca de ella. Se dio cuenta entonces que se trataba de un conejo, contemplándola con curiosidad y meneando la naricilla rosada, lo que la hizo reír. El sonido hizo que el animal se asustara y, dando un par de largos saltos, desapareció entre los arbustos.

Al levantarse, pensando en cuánto rato habría estado durmiendo, no vio a Rosa junto a ella. Las dos bicicletas estaban ahí, apoyadas junto a un grueso tronco de álamo, por lo que pensó que no estaría muy lejos. La llamó:

–¡Rosa! ¡Eh, Rosa! ¿Dónde estás?

No hubo respuesta.

Se refrescó en el riachuelo y volvió a llamar a su amiga, comenzando a sentirse inquieta. Entonces, vio que en el suelo, en la fresca tierra pardusca, había huellas de zapatos que se alejaban; al ser de un tamaño similar a los suyos, lo más posible era que fueran de Rosa. Se dirigían corriente arriba, y Lucía pensó que su amiga había decidido ir a la cueva mientras ella dormía. No sabía por qué habría hecho eso, pero le parecía probable, así que comenzó a seguir las huellas.

Sin embargo, no había recorrido ni cien metros cuando escuchó unas voces apagadas que llegaban de una zona en la que la vegetación se apiñaba, como luchando entre sí por alcanzar una migaja de espacio libre, y fue hacia allá, apartando ramas que le provocaron magulladuras y pequeños cortes en brazos y piernas.

Ante ella se abría un claro cuyo suelo estaba cubierto por una hierba crecida, de un verde como el jade, que conformaba un círculo perfecto en el centro del cual se encontraba Rosa, tumbada.

Desnuda.

Horrorizada, Lucía se tapó la boca con las manos con fuerza e impedirse gritar: su amiga yacía ahí, aplastando la hierba con su cuerpecito infantil manchado de la abundante sangre que le manaba de la garganta rajada. Junto a ella, de rodillas, había un hombre con unas ropas como las que llevaban los monjes, cuya cara aparecía tapada por una extraña máscara metálica; portaba un cuchillo en su mano derecha del que goteaba la sangre de Rosa.

Lucía tembló, presa del terror, al ver que el hombre inclinaba su torso hacia su amiga muerta y le hacía cosas

No pudo aguantar más y corrió, sin importarle que el asesino saliese tras ella al oírla huyendo; recorrió el camino de vuelta que la llevaba hasta su bicicleta en una desquiciada carrera por escapar de la visión de pesadilla que había contemplado. Gritó y gritó cuando llegó al pueblo, alarmando a los vecinos, que acudieron de inmediato a ver qué pasaba, y hundió desconsolada la cara mojada de lágrimas en el pecho de su madre, quien la abrazó y reconfortó como pudo, acunándola como cuando era un bebé, hasta que por fin, agotada, se durmió.


–¡Más rápido, por favor! –ordenó Fernando al taxista, que hacía lo que podía en el denso tráfico de entre semana para llegar lo antes posible al hospital, pitando y dando volantazos.

–Me… está… matando –dijo Lucía.

–Tranquila, mi vida –le consoló él–. Estamos llegando, enseguida habrá pasado todo, ya verás. Respira. Respira hondo.

Ella intentó hacerle caso y recordar las lecciones de preparación al parto, pero fue en vano. El dolor nublaba sus sentidos y pensaba que nunca jamás había sentido algo tan desgarrador.

–He llamado a tus padres –dijo Fernando por ver si la distraía, pero ella solo pudo gruñir en respuesta. El conductor frenó y, con alivio, justo en el momento en que el dolor empezaba a remitir un tanto, Lucía vio que estaban frente a la puerta de urgencias. Habían llegado, y cuando unos auxiliares la subieron a una silla de ruedas para llevarla al paritorio, se encontró calmada, tranquila, en ese dulce momento entre los períodos de contracción que, por contraste, resultaba tan placentero.

Se sintió en paz.

La llevaron corriendo por los pasillos verdiblancos y oyó a Fernando diciendo algo tras ella, pero no logró entenderlo. Tampoco hizo caso, limitándose a asentir, a lo que le dijo un médico, joven, agradable y de voz dulce, sobre lo que iban a hacerle. Sintió un pinchazo en la base de la espalda y pronto el mundo se convirtió en una sucesión de voces fantasmales y luces desvaídas, hasta que cayó en el olvido.

La primera voz que escuchó fue la de su madre. Le cogió la mano en cuanto vio que había abierto los ojos y le dijo algo que su cabeza embotada no entendió. Sentía la boca seca, áspera, con la lengua convertida en un matojo de esparto.

–A…gua –dijo con dificultad.

–Sí, sí –respondió su madre, que le sirvió diligente un vaso con pajita–. Despacio, Luci. Ha dicho el médico que bebas muy poquito. Tragos pequeños.

Tras dos sorbos que le supieron a plomo, Lucía se tocó el abdomen. Lo notaba dolorido, aunque los efectos de la anestesia aún continuaban adormeciendo sus sentidos, y palpó un vendaje grueso que recubría su tripa.

–¿Qué? –dijo, asustada.

–Chist, tranquila –la calmó su madre–. Te han tenido que hacer una cesárea, cariño. El niño no quería salir…

–¿Y el niño? –de repente, estaba muy asustada. Su niño. ¿Dónde estaba su hijo?

–Está bien, está bien, cálmate –pasó la mano con delicadeza por su pelo, pringoso y sucio–. Es un niño muy sano.

Lucía comenzó a llorar, tanto por el cansancio que sentía como por el alivio, y sintió las manos de su madre acariciándola, el calor que emanaba al confortarla.

La puerta de la habitación se abrió; Fernando corrió hasta la cama con una amplia sonrisa en el rostro. La besó en la frente.

–¡Estás despierta, dormilona!

Ella lo miró mientras su madre se apartaba, otorgando privacidad a los dos padres primerizos, que se reían como bobos al entender que habían traído una nueva vida al mundo. Las voces parecieron atraer al personal sanitario, pues poco después apareció el médico que la había atendido en el parto, mirando la escena con ojos amables y que les comentó, con aire profesional, cómo había ido todo, les dio una serie de instrucciones y consejos y prometió que, en cuanto hicieran unas pequeñas pruebas a Lucía, podrían llevarla a ver al pequeño, en la sala de cuidados perinatales, donde estaban comprobando que los problemas que el feto presentaba no hubieran dejado ningún tipo de secuela.

–¿Qué quiere decir? –se alarmó Lucía.

–El pequeño –explicó el médico– venía de nalgas, y estaba enrollado con el cordón umbilical, así que no podía nacer por el canal vaginal. Tuvimos que practicarle una cesárea de urgencia, señora Utrilla, pero le garantizo que todo ha ido maravillosamente bien. Es un niño sano, robusto. Solo estamos siguiendo el protocolo.

–Es verdad, cielo –confirmó su marido–. Me han dejado verlo un poquito, y es… es nuestro hijo.

Parecía a punto de llorar, y Lucía sintió una inmensa ternura.

–¿Dónde está papá? –preguntó a su madre.

–Ha bajado a la cafetería hace un rato. No creo que tarde.

–Bien –dijo Lucía cerrando los ojos, sabiendo que toda su familia estaba ahí, con ella, en el momento más feliz de su vida.

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