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Por si te lo perdiste: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)(IX)(X)(XI)(XII)(XI(XIV)(XV)(XVI)(XVII)(XVIII)(XIX)(XX)0d85a-228661979_fd73274b5b

Un fogonazo de luz hizo que despertara sobresaltada, respirando de forma entrecortada. Su corazón martilleaba con fuerza en el pecho, provocándole un malestar físico que se sumaba a la creciente angustia que la invadía.

Estaba sola en la habitación y recordaba con vaguedad haberse despedido de todos sus familiares antes del ocaso. La herida en el abdomen le palpitaba, sentía como si unas tenazas al rojo hurgaran en su carne, y lanzó un gruñido al moverse. Despacio, bajó las piernas y sintió el frío de las baldosas del suelo en las plantas de sus pies extendiéndose al resto de su cuerpo. Flexionó las rodillas, no muy segura de si conservarían toda su movilidad, y, con gran esfuerzo, abandonó la cama de hospital en la que estaba tendida. Como borracha, se acercó a la pared; cada paso resultó una titánica tarea, pero, al fin, sus manos lograron apoyarse en el muro. Con esa ayuda, salió al pasillo, vacío y mal iluminado por unos fosforescentes titilantes que arrojaban una luz blanquecina, logrando a duras penas disipar la oscuridad reinante.

El silencio era tal que no se atrevió a quebrarlo llamando a alguien del personal, y avanzó poco a poco siguiendo las indicaciones del cartel gracias al cual supo que la sala de cuidados perinatales estaba en el pasillo a su izquierda.

Llegó junto a la ventana de observación y, esbozando una sonrisa, miró hacia el interior, donde había varias cunas normalizadas, de metal y plástico, en algunas de las cuales sea apreciaban unas cabecitas sonrosadas, cuerpecitos que respiraban sosegados, dormidos e inocentes. Buscó, entornando los ojos para captar la más mínima luz, a su hijo, sin tener una idea muy clara de como iba a reconocerlo, pero al fijarse en uno de ellos, en la segunda fila, supo a las claras que se trataba de él.

Guillermo.

Tal y como habían hablado Fernando y ella, ese sería su nombre. Sintió un profundo calor que le nacía del pecho y amenazaba con desbordarla, como una gigantesca ola que se cerniera sobre ella, pero no sintió ningún temor. Al contrario, la dicha era gigantesca, al ver los párpados cerrados, los labios algo entreabiertos, el cráneo con unos escasísimos mechones de pelo, la naricita apuntada hacia el cielo… Todo en él le inspiraba un profundo amor, un tierno sentimiento de cariño y dulzura, y supo que era la mujer más feliz del mundo.

Un movimiento en la sala atrajo su atención y, aún exhibiendo una boba sonrisa, miró hacia el médico que la había atendido. Le extrañó ver que era él el encargado de vigilar la sala en el turno de noche, pero lo saludó con la mano.

Él correspondió con el mismo gesto, pero había algo que a Lucía le resultó inquietante. El doctor metió la mano en el bolsillo de su bata blanca y sacó algo que Lucía no consiguió ver, llevándoselo a la cara.

Atónita, la reciente madre vio que el hombre se colocaba una máscara horripilante de metal, cubriéndose por completo los rasgos faciales mientras se inclinaba sobre la cuna donde reposaba Guillermo.

Lucía gritó, golpeó el cristal y aulló desconsolada, pero nadie acudió en su ayuda.

–¡Aléjate de él! –ordenó a la vez que imploraba–. ¡No le pongas las manos encima, bastardo! ¡Aléjate!

Pero el hombre no hacía caso. Como recreándose en su acción, pasó con parsimonia sus brazos por debajo del pequeño cuerpo. El niño se despertó y lanzó un hipido antes de comenzar a llorar, con tanta fuerza que los demás recién nacidos se despertaron, sumando sus llantos a los de Guillermo, formando un pandemonio que ahogó los desesperados alaridos de Lucía.

El hombre de la máscara dio la espalda a la ventana y comenzó a alejarse hacia el fondo de la sala, fundiéndose poco a poco con la oscuridad reinante, hasta que resultó imposible distinguir su forma.

Lucía se derrumbó sobre el suelo, deslizándose por la pared, carente de cualquier tipo de fuerza o ánimo hasta quedar hecha una madeja que sollozaba y babeaba.


Lucía no pudo evitar gemir cuando sintió el placentero fuego que le subió por la entrepierna y se abandonó por completo a las caricias de Javier, desde esa tarde, marido suyo. Había resultado ser un amante tierno y fogoso a un tiempo, capaz de excitarla poco a poco hasta alcanzar un crescendo que la dejaba temblorosa tras el orgasmo. No podía evitar pensar en lo diferente que era hacer el amor con Fernando, siempre corriendo, siempre obviando lo que ella quería en la cama, y lo abrazó con fuerza, encorvando la espalda, casi riendo de gusto, acompasando los movimientos de él hasta que todo terminó.

Tras recuperar el aliento y sentir los dulces besos de Javier en sus labios, sus mejillas, sus párpados entrecerrados, le dijo, con cariño:

–Ahora eres mi esposo.

–Lo soy –asintió él. Ambos se habían casado en segundas nupcias, en el edificio para celebraciones que el Ayuntamiento había habilitado para ocasiones como esa, en una pequeña ceremonia en la que el concejal encargado de la seguridad de la ciudad les transmitió sus laicas bendiciones, una deferencia al trabajo de la pareja dado que pertenecían al Cuerpo de Policía Nacional, no a la municipal. Lucía había seguido el consejo de su madre y había optado por dejar el uniforme de gala en el armario. Como bien le dijo, la primera vez no le dio mucha suerte.

Y esa noche, en el piso que ambos se pudieron permitir, celebraron su noche de bodas con la satisfacción de estar unidos de forma legal, que no en el corazón, pues ello ya había tenido lugar hacía tiempo.

Lucía no había querido ni oír hablar de una relación durante los dos años siguientes a su separación con Fernando. Quizá no podría calificarse, en realidad, de ser un mal hombre, pero convivir con él había sido muy diferente a lo que ella había pensado, y el devaneo con una de las mujeres que acudían con él a los diferentes eventos que tenía que atender por su trabajo fue la gota que colmó el vaso. Quizá no le hubiera sido infiel. Quizá lo hubiera sido, y con muchas, pero la verdad es que ver cómo se hablaban y miraban en uno de los vídeos colgados en la web de la empresa la sacó de sus casillas y, tras unos días de discusiones, portazos y algún grito, decidieron tirar el matrimonio por la borda.

Con el tiempo, las cosas se habían calmado y pronto pasaron de no poder verse a comportarse de una manera fría y distante, pero racional. El discurrir de los meses, y luego los años, contribuyó a que todo quedara olvidado o, al menos, como algo que ya no tenía importancia.

Rehicieron sus vidas.

Javier, sin embargo, había vivido una historia más triste. Corrían por la comisaría habladurías sobre su viudez, pero cuando Lucía supo la verdad, cuando él se la contó, no pudo evitar que la tristeza la fulminara, pues tan solo llevaban, él y Patricia, dos meses casados cuando a la mujer le diagnosticaron un cáncer cerebral de una agresividad tan salvaje que, en tres semanas, la postró en cama para morir pocos días después. No podía imaginar el horror que debía haber significado para él asistir a la muerte de su esposa y, dado que ya llevaban juntos un tiempo, fue ella la que le propuso matrimonio, el mismo día que Javier se había sincerado.

Quizá había sido algo impulsiva, porque el momento de decirlo no había sido el más apropiado, pero Javier lo aceptó con un brillo en los ojos. Lucía quiso hacerlo feliz.

La noche de su boda, en la cama, mirándose sudorosos, Javier dijo:

–Aún podemos formar una familia.

Ella asintió. Aunque no eran ya tan jóvenes como cuando se casaron por primera vez, su cuerpo aún podía dar vida.

–Sí…

Se interrumpió de forma abrupta. Algo no iba bien en todo eso. ¿Una familia? ¿Hijos? Movida por una inquietante sensación, se palpó el abdomen, tan liso y terso como siempre. Levantó la sábana con la que cubría su cuerpo desnudo y miró hacia abajo. Javier lo malinterpretó y comenzó a besarle los pechos, para ir descendiendo poco a poco.

Ella lo recibió con gozo renovado, pero en un rinconcito de su mente, había algo… algo extraño… la imagen… no, ni siquiera eso… la sombra de un niño.

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