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–Quiero enseñarte la cueva.

Al principio, Lucía no entendió lo que le decían. Era una voz tenue, infantil, que parecía llegar amortiguada, como desde una distancia muy lejana. Se preguntó si era Rosa, su amiga Rosa, la que le estaba hablando, porque no veía nada. Un manto de negrura se había posado sobre sus ojos, y se sintió inerme y desdichada.

–¿La cueva? –balbuceó–. ¿Qué cueva?

No hubo respuesta. Extendió las manos hacia delante y tocó la mano de Javier, que la devolvió a la realidad. Poco a poco, el mundo fue tomando forma y sus ojos vieron de nuevo la luz bañando la realidad.

–La cueva –dijo, ahora más alto, provocando que Javier la mirara confuso.

–¿Estás bien? –preguntó, ayudándola a incorporarse.

–¡La cueva! –gritó ella, sabiendo lo que tenía que hacer.

–¿Qué te ocurre, Luci? –El rostro de Javier era de extrema preocupación, pero ella no contestó.

Deslizó poco a poco la mano por la mejilla de su marido y, con lágrimas en los ojos, se despidió de él:

–Adiós, mi amor.

Se dio la vuelta, y todo cambió. De repente, ya no estaba en el pueblo. No estaba junto al lugar de la matanza, una matanza que, comprendió, jamás había sucedido. Frente a ella, había un riachuelo que corría saltando con alegría entre piedras y follaje ribereño. Dio el primer paso que le llevaría a remontar la corriente.


La oscuridad que reinaba en el interior de la caverna era diferente a cualquier otra que hubiese visto antes en su vida. Era densa, pegajosa, trufada de un calor húmedo provocado por el estancamiento del aire. Un olor dulzón reinaba en el ambiente, y Lucía contuvo una arcada en cuanto puso un pie en su interior.

Sin embargo, podía ver.

Captó detalles de la enormidad de la gruta, cuyas paredes laterales se perdían en la distancia, surcadas por vetas producidas por las aguas que goteaban y que habían dibujado extrañas formas con el paso del tiempo. El suelo era muy regular, como de tierra batida, y la mujer pudo andar sin temer ningún tropiezo.

–¿Hola? –preguntó al vacío, y nada le contestó, ni siquiera su eco.

Llegó hasta lo que creyó era el centro de la cueva y elevó la vista hacia el techo. La altura era exagerada, demasiada para que la caverna estuviera en el seno de la pequeña elevación, pero no le resultó extraordinario. Sabía que había visto muchas cosas fuera de lo común los últimos días.

–¿Hay alguien?

En cierto sentido, esperaba que se hubiera equivocado, que no hubiera respuesta, lo que le permitiría salir de ahí.

Escuchó un rumor como de uñas tabaleando sobre roca, o quizá el sonido de cientos de patitas quitinosas deslizándose por las oquedades de la roca viva. Una luz verdosa, enfermiza, comenzó a brotar de numerosos puntos, aumentando su intensidad poco a poco hasta que Lucía se vio obligada a taparse los ojos.

Las patitas se acercaban hacia ella.

Mirando al suelo, se dio cuenta de que la luz era soportable y levantó la cara. Parecía estar viendo la cueva a través de unas gafas de visión nocturna, y frente a ella un retazo de oscuridad se agitó, se removió tomando forma.

El hombre de la máscara se erguía ante ella, desafiante, con los brazos cruzados sobre el pecho.

–¿Quién eres? –le preguntó, sorprendiéndose al no sentir una pizca de miedo.

El recién llegado no respondió.

–Devuélveme a mi hijo –ordenó. Pensar en Guillermo, retenido por la criatura que tenía ante sus ojos, la hizo ser consciente de la falsedad de lo que había visto hacía poco. Todas las tragedias que le habían obligado a vivir eran falsas: nunca habían tenido lugar. Eran deformaciones de una realidad mucho más dichosa que buscaban acabar con su cordura y su fortaleza.

No lo habían conseguido.

Lucía estiró la espalda de modo inconsciente, ganando un par de centímetros en altura, como dispuesta a participar en una confrontación… y a salir vencedora de ella. Clavó los ojos en la máscara, los relieves labrados en ella fluctuaron como si estuvieran vivos.

Pese a la sorpresa inicial, la ira de Lucía era fuerte y le daba alas:

–¡Déjate de trucos baratos! –gritó, y sacó la pistola del bolso que llevaba en la mano sin percatarse hasta el momento.

La detonación resonó como un trueno que rasgara el cielo en dos y la bala surcó el espacio que mediaba entre ambos hasta impactar en el cuerpo del hombre.

Él ni siquiera tembló al recibir el proyectil.

Boquiabierta, Lucía apretó una y otra vez el gatillo hasta que el sonido del percutor golpeando en vacío le indicó que no había balas en el cargador. Gritando de frustración, arrojó el arma a un lado, al ver que su enemigo se encontraba ileso.

–Mi turno –dijo él, y a Lucía le pareció que se carcajeaba bajo la máscara.

Levantó los brazos hasta tenerlos en perpendicular al suelo, las anchas mangas proyectadas hacia abajo. Lucía vio con espanto que, allá donde debían estar sus manos, no había más que un temible abismo de negrura, un vacío insondable y devorador del que se proyectaron, como un miasma, jirones de oscuridad que adoptaron una forma que se perfiló poco a poco hasta hacerse reconocible.

Ante Lucía estaba, desnudo y herido, Javier, con las manos temblorosas tapando sus partes con pudicia, cabizbajo por el dolor y la vergüenza.

El brazo del hombre enmascarado inmovilizó a Javier desde atrás, atenazándole el cuello y haciendo que levantara la cabeza. Sus ojos tropezaron con los de Lucía, y en ellos había un horror tal como nunca había visto. Estaba paralizada, incapaz de hacer nada por salvar a su marido, a su amante, a su amigo, y el rostro comenzó a adoptar una tonalidad purpúrea conforme el abrazo se iba haciendo mortal. Aunque golpeó y arañó la oscuridad con la que le estaban matando, Javier se encontraba tan débil que hubiera sido igual que golpeara el mar embravecido.

Hecho un guiñapo, tras un tiempo que a Lucía se le hizo interminable, Javier cayó al suelo, a los pies de su asesino. Liberada por fin de la sensación inmovilizadora que la retenía, la mujer se arrodilló sobre el cuerpo.

El hombre de la máscara se cernió sobre ella, amenazador y oscuro, portador de terror y sufrimiento, aumentando su tamaño y buscando envolverla en un abrazo de olvido, pero Lucía, apoyando con dulzura la mano en la frente de Javier, no tenía miedo. Dominaba en ella una sensación de honda tristeza, y sus profundos sentimientos por su esposo la desbordaron, convirtiéndose en una fría furia. Su enemigo se había equivocado por completo si creía que podía subyugarla al mostrarse como un antagonista que hacía daño a todos sus seres queridos.

Se había equivocado por completo.

El negro vacío que surgía de la forma, con forma humanoide ahora, retrocedió un tanto cuando Lucía se incorporó. Erguida, parecía haber crecido en tamaño y poder, y, mostrando los dientes con ferocidad, golpeó con sus puños la oscuridad que la rodeaba, notando que impactaba en una superficie física, tangible, aunque extraña.

–¡Vete! –gritaba, mientras lanzaba un golpe tras otro–. ¡Déjame! ¡No te tengo miedo! ¡Vete de una maldita vez y devuélveme a mi hijo!

Y entonces, algo inexplicable sucedió, porque las imágenes que pasaban ante sus ojos, de todos aquellos que habían ofrecido y recibido su cariño para con Lucía, aparecieron junto a ella, rodeados de una luz brillante como el Sol que combatió las tinieblas.

Ahí estaban todos los que el malvado ser había utilizado para socavar la mente de Lucía. Ahí estaba la amiga de la infancia, la madre, el padre. Ahí estaban Ren y Lúa, vecinos, conocidos y muchos otros que acudieron a ayudarla, retazos de memorias atesoradas en su mente, fragmentos de felicidad que se convirtieron en lanzas de puro amor y luz que acuchillaron inmisericordes al funesto ser, que se encogió, cada vez más, con una especie de aullido ultraterreno.

Y ahí estaba, también, la forma de su hijo, de Guillermo, cuando era un bebé, cuando empezó a andar, cuando enfermó de varicela, cuando no quería comer las judías, cuando… cuando estaba con ella, junto a ella.

La explosión de luz fue tan enorme que quedó cegada por unos instantes.

Poco a poco, recuperó la visión. El estadillo, sordo pero poderoso, la había lanzado a tierra, y desde el suelo vio que se encontraba en el Nexo. Había vuelto. Su mano, al moverse, tropezó con un cuerpo que respiraba de forma sosegada.

No necesitó mirarlo para saber de quién se trataba.

Conocía a su hijo a la perfección.

Rodando sobre sí, colocó su cuerpo junto al de Guillermo, que dormía sin inquietudes en sus sueños, y lo abrazó sintiendo su calor mientras miraba su cara, tranquila, hermosa, dulce.

EPÍLOGO

–En realidad, no pasaron ni cinco minutos desde que te fuiste.

Sanz, con su falsa apariencia humana, sacó un pañuelo de su traje y se lo tendió a Guillermo, para que limpiara el churretón de helado que le corría por la barbilla. Era un hermoso día, de cielo límpido y claro, en el que el Sol bañaba el parque donde estaban sentados los tres. En los cuatro días posteriores a la lucha que Lucía mantuvo con el hombre enmascarado, Sanz no había hablado sobre el tema, cumpliendo un pacto no formulado y permitiendo a la mujer digerir todo lo que había vivido. Esa mañana, no obstante, había sido Lucía quien sacó el asunto.

–Viví diferentes escenas de mi vida –explicó–, pero retorcidas, sintiéndome al mismo tiempo espectadora y partícipe. Era yo la que veía todo, la que hablaba; pero, a la vez, no lo era.

–Jugar con la mente es una de sus herramientas preferidas. Me alegro que fueras demasiado fuerte para él.

–No sé si fui yo… o todos ellos –aunque señaló a Guillermo, concentrado en su cucurucho, ella se refería a todos aquellos cuyo recuerdo le dio fuerzas.

–Se alimentan de la desesperación –asintió Sanz–. Una vida que ha conocido el amor, mucho amor, puede ser un oponente formidable.

Ambos callaron, observando a Ren y Lúa olisqueando a un perro recién llegado, saludándole. La hembra no pareció muy interesada y volvió trotando hasta ellos, saltando con agilidad al regazo de Lucía, quien le empezó a acariciar el lomo.

–Creo que se equivocó –dijo entonces, con voz grave y expresión triste– cuando me mostró a Javier y lo… mató. Era el único que había muerto en realidad, y eso me pareció… no sé explicarlo.

–Una intromisión tal en tu dolor real que te hizo reaccionar. En tu interior, sabías que todo lo que te había mostrado era falso, pero Javier…

–Sí. Javier había muerto de verdad. –Se mordió el labio y, aunque tuvo una profunda sensación de pesar, no lloró; suficientes lágrimas había derramado ya esos días atrás.

–Han sido unos días terribles –dijo Sanz tras un rato de silencio en el que ambos habían estado pensativos–. Puedo ayudarte con las cuestiones de la investigación policial.

Ella sacudió la cabeza.

–Te lo agradezco, pero no será necesario. Creo. El ataque a la comisaría ha sido calificado como terrorista, vinculado al secuestro de Javier. Imagino que tendré que hacer un par de declaraciones, pero no creo que haya problemas.

Sonaba tan confiada, que Sanz asintió sonriendo.

–Mientras no digas que un ser de otra realidad fue el causante…

–¡No, por cierto! –exclamó ella soltando una carcajada, y su risa fue como un soplo de aire fresco y cantarín.

–Bien. –El hombre, la criatura disfrazada de hombre, se levantó y revolvió el pelo de Guillermo–. Creo que aquí termina la historia.

–Sí, eso parece –coincidió Lucía.

–Quizá no nos volvamos a ver –dijo él, tendiéndole la mano–. O quizá sí. No lo sé. Nuestros caminos discurren ante nosotros sin que sepamos el destino al que nos llevarán.

–Muy profundo.

–Me gusta dármelas de filósofo –sonrió.

–Ya –dijo ella, y le dio la mano estrechándosela con fuerza.

En lo alto, el sol brillaba.

FIN

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