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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

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Podría ser el acantilado junto al castillo (vía https://es.best-wallpaper.net/)

CAPÍTULO 7

Firdánir, cerrando el grupo, meneaba la cabeza en silencio cada vez que Elin procuraba insuflar ánimos en los otros. El elfo estaba convencido: no podrían llegar a un lugar seguro antes de que los encontrasen y, entonces, quizá sus enemigos se dieran cuenta de quién era Elin en realidad. Habían escapado del castillo, pero no estaban a salvo, ni mucho menos.

Perceval y el Bello habían insistido en que no necesitaban ayuda, que tenían fuerzas suficientes para caminar por sí solos. También la joven decía que estaba bien, aunque de vez en cuando se echaba la mano al costado, allá donde Guedin’has la había herido, y la retiraba manchada de sangre; la gasa improvisada no conseguía restañar el tajo. La única opción con la que contaban era que los elfos de Calau’dar’Onieril erraran en la persecución y no vieran que habían seguido el túnel horadado en la pared del acantilado, pero Firdánir no contaba con ello.

Soltarían a sus macabros sabuesos —criaturas repelentes, negras como la noche, que recordaban a los perros de los humanos, pero que eran todo hueso y pellejo, con fauces enormes y babeantes y ojos como carbones encendidos— y darían con ellos antes de encontrar el pasaje entre mundos.

Y, si por un casual lograban llegar a Bretaña… poco podrían hacer, pues el jirón en la realidad era tan grande que podrían pasar por él y registrar el pantano de Genindas.

No, el futuro no se presentaba nada halagüeño. Firdánir volvió a menear la cabeza.

—¡Vamos, caballeros! —Elin volvió a intentar animarlos, pero solo le respondió un coro de jadeos fatigados—. ¡No queda nada para llegar!

Su voz, de modo apenas perceptible, había descendido en la última palabra, y su rostro se contrajo en una mueca de dolor. Volvió a llevarse la mano a la herida y miró, viendo para su disgusto que, aunque no de manera abundante, seguía fluyendo la sangre. El elfo no había alcanzado ningún órgano, pero Elin sentía las fuerzas mermar cada vez más, a cada paso que daba; sabía que, de continuar así, acabaría desangrándose.

Mas, en efecto, alcanzaron al fin la salida del túnel. El círculo de luz que se filtraba desde el exterior les indicó que llegaban al aire libre y, con cuidado de no despeñarse, de forma lenta e incluso torpe dada la condición de todos ellos, pusieron los pies en la cornisa, preparándose para continuar el ascenso. Antes de continuar, sin embargo, Elin echó un vistazo hacia abajo: muchísimos codos por debajo del pequeño grupo, los elfos del rey hormigueaban saliendo por las puertas del castillo. Se oyeron los graves toques de cuerno que llamaban a la cacería. Hasta ellos ascendió un sonido como el que producirían unos feroces mastines, si estos fueran habitantes del Infierno. Y, en una de las torres que formaban el perímetro, se abrió la cúpula como se abren los pétalos de una flor, descubriendo lo que contenía dentro de ella.

—¡Por Dios bendito…! —gimió Perceval, recordando el modo en que Guedin’has, en el pantano, había llegado hasta ellos.

Incluso Elin, con ojos desencajados, sintió temor al ver a la gigantesca serpiente alada elevarse en el aire, portando en su lomo una ornada silla con correajes de seguridad que impedían que la elfa que montaba a la criatura se cayera.