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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7: (I) (II)

Sir-tramtrist-and-sir-palomides

No tuvieron tiempo para recuperar el resuello, sin embargo: en cuanto coronaron la cima, los cuatro contemplaron con horror que la elfa había controlado a su herida montura, elevándola por encima de sus cabezas y obligando a que iniciara un picado mortal contra ellos.

—¡Corred! —gritó Elin volviendo a sofocar una mueca de dolor al notar la herida en su costado. Perceval y el Bello la obedecieron, desperdigándose para no ofrecer un único blanco al monstruo, pero Firdánir no se movió, plantándose con firmeza en el sitio.

—Firdánir… —La joven no dijo nada al ver la resolución que había en el rostro del elfo, que sacaba con toda la ceremonia de la que fue capaz una flecha del carcaj y la colocaba en la cuerda.

Sin apartar la vista de la criatura que se lanzaba con sus dos poderosas extremidades por delante, el elfo dijo:

—Elin, escúchame. —Su voz era tranquila, la de alguien en paz o, mejor, decidido a hacer el último sacrificio—. Viaja al Cabo de las Almas Dichosas… Busca una antigua villa romana… —La frente del elfo comenzó a perlarse de sudor por la tensión que le suponía mantener el arco preparado para disparar; la sierpe seguía acercándose, dispuesta a devorarlo de un solo y terrible bocado, las fauces abiertas—. El medallón es la llave, Elin. —Giró su cara solo un poco hacia la joven, que escuchaba con atención y miedo a un tiempo, sabiendo que eran los últimos momentos de Firdánir en esta vida; no pudo evitar que los ojos se le anegaran.

—Firdánir…

—No, muchacha. —El elfo volvió a centrar toda su atención en la criatura—. Llórame luego. Ahora, debéis huir. ¡Volved a Bretaña y alertad a Arturo! ¡Vamos!

Con su última orden, soltó la cuerda del arco y la flecha silbó rasgando el aire, en una trayectoria ascendente que cruzó en un latido del corazón la distancia que mediaba entre Firdánir y la bestia. El proyectil, con exquisita puntería, se clavó en el ojo izquierdo de la sierpe, que agitó dolorida la cabeza, y solo continuó en línea recta gracias a la velocidad que llevaba: la inercia hizo que no se desviara de su objetivo y el colosal cuerpo escamoso cayó, en un aterrizaje nada elegante, en el punto donde, instantes antes, había estado Firdánir.

Elin, que había echado a correr, se giró al escuchar el tremendo golpe sobre el suelo y, entre las nubes de polvo que levantó el cuerpo al caer, vio que la jinete había caído unos pasos más allá del monstruo agonizante. Se levantó, pero al empezar a moverse, una de sus piernas le falló, cayendo al suelo tras gritar de dolor.

Elin no veía a Firdánir por ningún lado. El enorme cuerpo de la sierpe lo debía haber aplastado en su caída y tuvo que obligarse a sí misma a no llorar: tenían que huir de ese lugar o el sacrificio del elfo habría sido en vano. Acariciando el medallón al que se refería Firdánir, aquel que Merlín le dio en Camelot, se reunió con los dos caballeros, que habían contemplado estupefactos el drama, y les dijo:

—Vamos, caballeros. Bretaña está cerca. ¡Debemos continuar!

Ellos asintieron.

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