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FELIZ NOCHE DE DIFUNTOS

hombre_serpiente___snake_man_by_spiritwar

La antigua ciudad de los hombres serpiente, por Spiritwar (vía http://spiritwar.deviantart.com)

La ciudad de Westerly, Rhode Island, vivió bajo la sombra del miedo durante el verano de 1962. Pese a la privilegiada situación costera de la que gozaba, el benigno clima atlántico que venía siendo lo habitual desde el desastre del ciclón de 1954 y la pujanza de la industria turística y la basada en la explotación del granito, las familias se encontraban asustadas, temerosas por sus vástagos al hacerse público que un violento depredador habitaba entre ellos.

Ese verano, un monstruo disfrazado de ser humano había raptado a tres niños y una niña de menos de catorce años, había abusado de sus pequeños cuerpos y, al fin, se había desecho de ellos arrojándolos al río Pawcatuck tras rajarles la garganta.

Las autoridades, nada acostumbradas a tal despliegue de salvajismo, estaban desbordadas y los habitantes pedían una mayor protección que el alcalde no sabía cómo dar, llegando, tras mucho pensarlo, a solicitar ayuda al gobierno federal, el cual destinó un pareja de investigadores que, sin embargo, no pudieron hallar ni rastro del asesino.

Llegó el otoño y el caso fue olvidado poco a poco por aquellos a quien el horror no había golpeado de forma directa; los rumores y las entrevistas a profesionales de la salud mental desaparecieron de los periódicos y la gente siguió con sus vidas de la misma forma que antes de la pesadilla, pensando que todo había acabado quizá porque el monstruo se había ido de la ciudad, quizá porque, Dios lo quisiera, hubiera muerto. Sea como fuere, Westerly respiró tranquila de nuevo y solo de vez en cuando alguna madre se despertaba agitada en medio de la noche e iba corriendo a la habitación de su hijo para comprobar, con una sonrisa de alivio, que seguía en la cama.

Sin embargo, el pánico no llegó a abandonar del todo las mentes de los ciudadanos: al llegar la noche de Halloween, a ningún niño se le dejó ir solo a pedir caramelos, como si temieran que el depredador volviera a cobrarse una víctima aprovechando las circunstancias. Así, grupos de chavales recorrían ajenos al temor de sus padres las calles iluminadas por las potentes farolas de luz blanquecina mientras, unos pocos pasos por detrás de ellos, una mujer, un hombre, vigilaba con atención que nada malo les pasara.

Ahora bien, por una calle un tanto alejada del centro de Westerly caminaba un niño solitario de unos diez años, pequeño y menudo, que cubría su cuerpecito con una especie de túnica marrón; quien lo viera, supondría que iba disfrazado de monje, de monje franciscano. Se movía con ligereza, tocando de puerta en puerta y recitando el ritual del “Truco o trato”, sonriendo cuando recibía las chucherías que caían en el cubo de plástico anaranjado que presentaba ante sí cuando los moradores de la casa le recibían.

Unos moradores que se rascaban la cabeza, extrañados, cuando se iban, pues no entendían por qué el niño llevaba puesta una máscara de serpiente sobre el rostro y unos dientes postizos puntiagudos como pequeñas dagas, ni tampoco la razón por la que hablaba entre siseos.

Cuando el niño llegó al número cuarenta y ocho de la calle X, el señor Dixon sintió un escalofrío de placer recorrerle la columna. El hombre, alto y delgado, de cara seca y almendrada, colocó su ojo verde en la mirilla cuando el niño disfrazado de monje llamó a la puerta. Se pasó la lengua por los labios pensando en que, quizá, había llegado el momento de retomar lo que tuvo que interrumpir unos meses atrás, cuando el miedo a ser capturado pesó más que el placer que le provocaba hacer lo que hacía a esos niños.

—¡Truco o trato! —dijo el niño volviendo a llamar a la puerta con un par de golpes.

El señor Dixon se decidió y abrió la puerta mostrando una sonrisa enorme en la cara.

—¡Buenas noches, pequeño! —lo saludó. Vio la máscara de serpiente con la que el niño tapaba su faz y se quedó un tanto extrañado, como el resto de los que habían hablado con él, pero no dijo nada—. Tengo muchos caramelos para ti… Pasa, pasa…

El niño no se hizo de rogar y accedió al interior de la ordenada y limpia casa de dos plantas del señor Dixon, mirando el mobiliario del recibidor con escaso interés mientras sujetaba el cubo de las golosinas frente a sí con los brazos extendidos, esperando a recibir la lluvia de caramelos.

El señor Dixon cerró la puerta tras él y echó el pestillo, volviendo a relamerse de gusto como el león a punto de devorar la gacela.

—Déjame verte bien, pequeño. —Puso las manos en los hombros del niño y, después, deslizó con suavidad el dorso de la mano por la cara enmascarada, sintiendo una cierta repulsión al notar el frío viscoso que desprendía la careta. Sin embargo, cuando llegó al lateral del infantil rostro, con la intención de arrancar la máscara y ver la hermosa inocencia infantil, no encontró explicación para lo que comprobó.

Dado que el niño no llevaba ninguna máscara sobre su piel.

El señor Dixon retrocedió un par de pasos, asqueado, hasta que su espalda chocó contra la puerta; el niño volvió a extender el cubo, diciendo:

—¡Truco o trato!

—¿Qué…? ¿Qué coño eres? —preguntó el señor Dixon, quien sintió que el mundo empezaba a girar a una velocidad de vértigo, pareciéndole que se encontraba al borde de un abismo oscuro, repugnante y terrible que estaba a punto de devorarlo.

—¡Truco o trato! —repitió el niño mostrando sus dientes como alfileres.

Cuando el niño sacó la lengua haciendo la burla al señor Dixon, el corazón de este no pudo soportarlo más y se detuvo de repente. Era una lengua bífida, que silbó agitándose al salir de los labios escamosos del niño y que medía más de un palmo. El señor Dixon se llevó la mano al pecho y se esforzó por inhalar una mera bocanada de aire tras perder el resuello, pero fue en vano. Su cuerpo no pudo evitar la honda impresión que le causó ver al retoño de una antigua raza de seres anteriores a la humanidad que en su día fueron los señores del mundo, una raza que todavía era capaz de provocar un miedo paralizante en el alma de los mamíferos al tratarse de sus mayores enemigos.

Feliz noche de difuntos