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BIG TRIP

Agripa_6-1

Renato, andando con mucha más ligereza de la que cabría suponerle dado su orondo aspecto y la poca largura de sus piernas, tocó con suavidad el hombro del joven para llamar su atención. El rubiales, de cabellera ensortijada, volvió sus ojos azulados que resaltaban en la cara pecosa y alargada con cierta expresión de sobresalto, así que el espía genovés compuso su mejor sonrisa y dijo con voz amable:

—Joven, os veo perdido. No sois de por aquí, ¿cierto? ¿Puedo ayudaros?

—Oh… well… Estoy biuscando el Pante… Panteone dagripa —contestó como pudo en un macarrónico italiano de Roma. Renato asintió con la cabeza como un profesor paciente y ensanchó su sonrisa todavía más cuando el inglés continuó—: ¿Estás cerca?

—Sí, amigo mío. —Renato señaló hacia una calle adyacente—. A dos manzanas, nada más. Siga esa calle y saldrá a una plaza en la que está el hermoso Panteón. ¿Sabéis que fue mandado construir por el mejor amigo de César Augusto? —El joven asintió. Había entendido lo que le decía gracias a que Renato hablaba despacio y marcando las separaciones entre palabras—. Su cúpula es un milagro.

Grasias, siñor

—Renato —dijo adelantando de inmediato la mano para que el otro se la estrechara—. Vos sois inglés, ¿verdad?

Por supuesto que lo era. De hecho, Renato sabía quién era a la perfección o, mejor dicho, de quién era hijo. El joven era James Treehard, hijo bastardo de Thomas Stanley, Conde de Derby; según los informes de la inteligencia genovesa y sus aliados españoles, el muchacho se encontraba viajando por gran parte de Europa con el fin de obtener una buena dosis de cultura. Era uno de esos casos en los que el padre sentía más afecto por el hijo nacido fuera del matrimonio que por los propios, y Renato tenía la misión de aprovechar tal tesitura.

—Sí, soy anglés —respondió James.

—Bienvenido entonces a Roma, amigo mío. —Renato era todo sonrisas y aspavientos amables—. Encontraréis los más hermosos monumentos en esta ciudad, en la caput mundi… ¡No dejéis de visitar el Foro! ¡Ni el Coliseo! —James iba a decir algo, pero Renato continuó sin dejarle meter baza—: Y no olvidéis las termas de Caracalla, amigo mío. ¡Son un espectáculo!

»Pero ibáis vos al Panteón, ¿verdad? —El inglés asintió sin poder decir nada de nuevo, un tanto incómodo por la verborrea de Renato—. No me siento tranquilo si no os acompaño, joven amigo. ¡Que no se diga que los italianos somos maleducados! Dejadme, dejadme ir con usted…

Renato pasó la mano por el interior del brazo de James y tiró de él comenzando a andar hacia la calle que le había indicado, sin dejar de hablar un solo instante, glosando las maravillas que podría encontrar alguien con las inquietudes culturales del joven.

Antes de entrar en la plaza del Panteón, sin embargo, los dos se detuvieron al ver un grupo de cuatro personajes malcarados que, con mirada aviesa, contemplaron a la pareja. Como coordinados a la hora de parecer más peligrosos todavía de lo que resultaban, escupieron unos gruesos mardajos al pavimento a la vez. Uno de ellos se adelantó un paso y puso las manos con actitud chulesca en el fajín con el que se sujetaba las calzas.

—¡Oh! —gimió James, intentando dar la vuelta. Renato no se lo permitió, sujetándolo con fuerza.

—No, amigo James —dijo en voz baja—. No podemos permitirnos mostrar debilidad. —El rufián dio otro paso más, mostrando una negra dentadura.

Entonces, como un rayo, Renato desenvainó la espada que llevaba al cinto y, de nuevo mostrando una agilidad impropia de su edad y sobrepeso, avanzó hacia los cuatro malandrines repartiendo tajos al aire, produciendo un sonido sibilante que los asustó, al tiempo que gritaba:

—¡Fuera! ¡Fuera de aquí, perros! —Uno de ellos miró a un lado y otro y no quiso enfrentarse al acero de Renato, saliendo por piernas—. ¡Haced como él y no resultaréis heridos, patanes!

En un momento, solo el que se había adelantado quedaba ante ellos estorbándoles el paso a la plaza donde se erguía el magnífico Panteón, cuyo frontón James podría haber atisbado si no hubiera estado tan asustado. El tipo malcarado se pasó la lengua por los labios y lo desafió:

—¡Gordo! ¡Te voy a sacar las tripas!

—Puedes intentarlo, canalla. —Renato había bajado el volumen de su voz hasta convertirla en un gruñido amenazante. Inmóvil, a cuatro pasos del tipejo, tenía la espada preparada para ensartarlo como una aceituna—. Pero te garantizo que no lograrás otra cosa que una fea herida. ¡Aquí te espero! —concluyó con una sonrisa.

El hombre calculó sus posibilidades. Las de sus puños contra la espada de Renato, quien había demostrado saber de esgrima. Aunque era un patán, un zopenco, las matemáticas en ese caso estaban claras y dio la espalda, huyendo con el rabo entre las piernas.

Guardando su arma, Renato se giró hacia James, quien estaba paralizado por el temor que había sentido. Renato tuvo que volver a cogerle del brazo para que reaccionara y le dijo con aire conspiratorio:

—Hay una taberna aquí cerca, amigo James. Con un buen vino, se os pasará el susto, ¡dejadme que os invite! Y quizá queráis probar también un buen pedazo de asado… o de otra carne —concluyó guiñándole un ojo. Con la escena que había tenido lugar, Renato estaba convencido de haberse ganado su confianza. Cuando se tranquilizara, el muchacho le brindaría su amistad… y cierta información que necesitaba de su padre. También guardaba en la manga los encantos de Marietta, una de las chicas de la taberna a la que se dirigían, con la cual seguro que se le aflojaba la lengua… y los calzones.

Por la noche, pagaría a los cuatro muertos de hambre las monedas prometidas por el paripé que habían montado.

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