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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8: (I)siedlecin.jpg

—¡Caballero! —Elin se irguió sobre Perlita y echó mano al pomo de su espada, dando a entender que no se amilanaba ante el desafío del hombre—. ¡Somos miembros de la Tabla Redonda, y por la autoridad del soberano de toda Britania, el rey Arturo, os pido paso franco!

—No —respondió el otro calándose el yelmo sobre el moreno pelo que llevaba peinado hacia atrás.

—¿Cómo decís? —Elin enarcó una ceja, incrédula al ver que la mención al rey no obraba efecto.

—Digo no, señora. —El caballero silbó y a su llamado apareció un hermoso semental picazo. Colocó un pie en el estribo y haciendo gala de gran agilidad subió a la silla mientras seguía hablando—: Mi juramento es sagrado, y la palabra dada a Nuestro Señor vale más que cualquier orden que dé un rey humano.

—Eso es cierto —masculló a su pesar Perceval, moviendo la cabeza.

Elin lo miró con fastidio y volvió de nuevo sus ojos al caballero, retándolo:

—Decid entonces vuestro nombre y las condiciones del combate, señor, dado que os voy a derrotar.

—Mi nombre no os puedo revelar tampoco —contestó él y el Bello Desconocido lanzó una breve risotada al pensar que, quizá, también él estaba aquejado de su falta de memoria—, pero os digo esto: Luchemos a caballo y con espada, a primera sangre. Si uno de vuestros dos acompañantes me vence, podréis entonces pasar.

—¡Esperad un momento! —exclamó Elin furiosa y sintiendo que la sangre le hervía—. ¿¡No os he dicho acaso que sería yo quien os derrotara!?

El caballero asintió meneando la cabeza con lentitud, pensando en lo que decía la joven.

—¡Bien! Pues sea entonces. ¡Cuidaos de mi espada! —concluyó ella.

Acto seguido, Elin lanzó a Perlita al galope y el caballero sin nombre hubo de reaccionar con rapidez para poder aprovechar la fuerza que da la inercia de un caballo corriendo veloz. Más o menos a mitad del puente ambos se encontraron y cruzaron las espadas, un trueno metálico que restalló en los oídos de Perceval y el Bello, quienes contemplaron la evolución del combate maravillados, pues las estocadas y las fintas volaban con gran pericia mientras los caballos bailaban una danza circular acompañando los movimientos de los brazos de sus jinetes.

Elin, que ni siquiera se había calado el casco, miró a la rendija tras la que se veían los ojos —del color de los campos de trigo maduro— de su enemigo y creyó ver en ellos algo familiar, pero la impresión cesó de repente, cuando tuvo que desviar su espada en el último momento para bloquear un tajo. Sin deseos de andarse con delicadezas, se concentró para encontrar esa sintonía que hasta no hace mucho lograba solo de forma instintiva, y el tiempo se ralentizó cuando lo deseó, sabiendo gracias a todas las aventuras vividas que se trataba de una forma de canalizar la magia que la rodeaba. Sin esfuerzo, detuvo un nuevo golpe y apuntó cuidadosa a la zona en la que quijote y greba se unían e hincó la punta de su acero, sintiendo la carne ceder. El tiempo volvió a fluir con normalidad y Elin colocó en vertical su arma frente a sí, diciendo:

—Vuestra sangre, caballero. Ahora —exigió—, decid vuestro nombre y apartaos.

—Habéis ganado en justa lid —dijo él; a la espalda de Elin, Perceval y el Bello aplaudían y vitoreaban a su campeona—. Sabed que me llamo Niall, y que quedo rendido ante vuestra pericia con la espada.

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