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Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7: (I) (II) (III) (IV) (V) (VI) (VII) (VIII)

knight

Ahora bien, la sensación de haber logrado un éxito frente al hechicero pronto se diluyó cuando pensó en que no había obtenido aún la explicación que Merlín había prometido darle. Quizá, en venganza por haberle obligado a tal concesión lograda, no quería ahora contarle nada. Se recriminó por su tendencia natural a la precipitación, cualidad que, aunque le daba un aura arrojada, a veces podía meterla en problemas.

—En cuanto a lo otro… —dijo Merlín, y Elin ahogó un suspiro de alivio al escuchar al mago hablando de lo que había estado temiendo no oír—. Pienso que tu cuerpo mismo es un canal, un conducto de energías entre el mundo de los elfos y el nuestro, así que, si encuentro la forma, podrás actuar a modo de llave para cerrar la puerta que los comunica. —Se giró hacia un banco de trabajo y rebuscó entre los instrumentos, cogiendo al fin un afilado cuchillito y una pequeña escudilla de plata. Mirando el brazo de la joven, aún extendido, continuó—: Mientras tú estás en esta… misión… haré las pruebas que necesito para confirmar mi teoría. Te va a doler un poco.

En cuanto lo dijo, realizó un rápido movimiento que cortó la suave piel de Elin. Esta se mordió el labio por la sorpresa más que por el dolor; la sangre brotó de inmediato, pura, brillante, y el mago la recogió en la escudilla, tendiendo luego una gasa que ella se colocó presionando con fuerza para restañar la herida.

—Con esto me vale —sentenció el mago—. Ahora, déjame. Ve allá donde tengas que ir. Pero… —Merlín levantó el índice y su mirada se volvió dura, como la de un padre severo—. Ni se te ocurra no volver.

—Regresaré a Camelot lo más rápido que pueda —prometió ella. Merlín hizo un despreocupado ademán de despedida y se concentró en su trabajo, murmurando algo por lo bajo. Aunque Elin no llegó a oírlo, supuso que sería algún comentario sobre ella, nada halagüeño, pero, sin importarle lo más mínimo, salió de la estancia y se dirigió a sus aposentos.

A la puerta de estos se encontraba sir Kay, el senescal, que la miró con unos ojos que habían abandonado la condescendencia con la que la miraron hasta hacía pocos días: el relato de las aventuras de Elin había corrido de boca en boca y todos los habitantes de la corte sabían de sus hazañas.

—Sir Kay —saludó ella.

—Dama Elin. —El hombre saludó con la cabeza y dijo—: El rey me ha pedido que os pregunte qué necesitáis para vuestra búsqueda.

—Sois muy amable, sir Kay. En realidad, poco preciso, si os soy sincera. Mas desearía que Perceval y el Bello Desconocido me acompañaran, si ello fuera posible. Sin embargo, sus heridas…

—He estado con ellos hace poco, señora, y me satisface deciros que la gran fortaleza de ambos juega en su favor. Las heridas no fueron graves, y los bálsamos de la herboristería, junto con las pócimas curativas de Merlín, han obrado maravillas. Nuestras galenas dicen que con una noche de descanso, se encontrarán listos para…

—¡Eso es maravilloso! —lo interrumpió Elin—. Entonces… ¿Podrían mañana partir?

—Pues… sí. Imagino. —Kay se rascó la cabeza dubitativo.

—Entonces, ¡no preciso más, senescal! —Elin estaba que no cabía en sí de gozo e incluso se permitió dar una palmada amistosa en el hombro de Kay, que la miró enarcando una ceja.

Sin más, una contentísima Elin se despidió de Kay, agradeciéndole sus palabras, y se metió en su cuarto, deseando por fin obtener una noche de ganado descanso.

Antes de partir hacia una nueva aventura.