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LA FINCA DEL SEÑOR WARDFORD

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Una de las muchas máscaras de Nyarlathotep, la del Faraón Negro.

El sol del alba no lograba disipar la densa neblina que procedía del Lago Murray, complicando la evolución de los soldados por el bosque a orillas de este, una tupida colección de coníferas y arbustos bajos que obligaban a los hombres a cambiar el sentido de su marcha casi a cada paso. Peter empezaba a pensar que seguir al cabo Trenton había sido una malísima idea, la peor desde que se alistó en el ejército de la Unión hacía… ¿cuánto? ¿Un año ya? Nadie le había mandado levantar la mano y presentarse voluntario cuando el cabo pidió un grupo de cinco hombres para una incursión contra la propiedad de un tal Wardford, uno de tantos terratenientes blancos de Carolina del Sur que habían jurado “cazar y degollar como a perros a todos los negros que encontrara huidos”. El cabo solo tuvo que decir eso y tuvo más manos alzadas de las que necesitaba para su pelotón.

No, Peter no lamentaba formar parte del 54º Regimiento de Infantería de Voluntarios de Massachusetts, como tampoco lamentaba haber visto lo que había visto en los campos de James Island o Fort Wagner, con todas las balas silbando en torno suyo, los gritos de los heridos, la sangre… A Peter le desagradaba la humedad pegajosa y helada de la niebla del Lago Murray: tenía el uniforme empapado y los dientes le castañeteaban por el frío en esa mañana de octubre de 1864.

—Parad —ordenó el cabo en voz baja, aunque en el sepulcral silencio resonó como un disparo de cañón. Los hombres obedecieron y prestaron atención—: La mambo Melisse me dio esto. Para protegernos. —Les tendió unas piedras grises, planas, con un curioso símbolo pintado en su parte superior, una especie de estrella de cinco puntas redondeadas—. Guardadlas en los bolsillos y, ¡por Dios!, no la perdáis.

Ellos hicieron lo que les decía y continuaron avanzando cuando el cabo echó a andar de nuevo hacia, ahora lo podía ver por fin Peter, una espléndida casa de dos plantas que se erguía a orillas del lago, una hermosa construcción encalada de tejado rojizo y ventanas colocadas a intervalos regulares. Sin embargo, la impresión que produjo en Peter fue de desazón al mirarla, sin poderse explicar por qué.

—¿Qué dijo la mambo que hiciéramos con los blancos? —preguntó bajito, pero con un más que evidente tono de asco al decirlo.

—Hay que taparle la boca antes que nada —contestó el cabo—. Si consigue lanzar uno de sus hechizos, estamos apañaos. Para matarlo hay que arrancarle el corazón y lanzarlo al fuego.

Peter enarcó una ceja al escucharlo. No se trataba de una expedición de castigo contra un “amo” sin más; lo que el cabo decía tenía que ver con el vudú, con esas extrañas creencias haitianas que Peter conocía de oídas pero no había visto nunca en persona…

No pensó más en ello. De modo furtivo, llegaron hasta la puerta trasera de la mansión. Todo estaba quieto y silencioso, y el soldado se preguntó si su objetivo estaría dentro. Forzaron la puerta sin problemas y, silenciosos como sombras, los hombres entraron en la casa y se dirigieron al dormitorio de la planta superior, donde esperaban encontrar al blanco.

Por fortuna, ahí estaba, tendido en su mullida cama, respirando de forma sosegada y lanzando pequeños silbidos por entre los dientes con la boca entreabierta. Su sueño era tan profundo que no se enteró de la presencia de quienes habían irrumpido en la santidad de su hogar hasta que el propio cabo puso, sonriente, su manaza sobre los labios del hombre. Wardford se despertó sobresaltado pero lo inmovilizaron entre todos y no pudo hacer nada contra ello, salvo contemplarlos con ojos desencajados por el terror.

Cuando el cabo sacó el enorme cuchillo de la funda que llevaba al cinto, Peter desvió la cabeza para no ver cómo rajaba el pecho del blanco. Comprendiendo que estaba a punto de morir, Wardford intentó zafarse sin éxito alguno, y un sonido de piel rasgada, músculo atravesado y carne agujereada llegó a los oídos de Peter.

Sin embargo, lo que más desagradó al soldado en ese momento no fue la tarea de matarife que Trenton estaba llevando a cabo, sino lo que vio: sus ojos se habían posado sobre una pintura hecha a base de tonalidades oscuras, de formas imprecisas, casi borrones, que le provocaron gran desazón. Incapaz de poder desviar la mirada, se fijó en que se trataba de una ciudad de extraña arquitectura, con ángulos imposibles que parecían retorcerse en el tiempo y el espacio, cambiando ante sus ojos como si estuviese viva… Y, en su centro, una figura extraña, alienígena, de un hombre alto, altísimo y consumido, desnudo por completo pero sin sexo entre las piernas, de piel de ónice como la del propio Peter y tocado con un extraño gorro… o pañuelo…

Un hombre que le sonrió.

Peter lanzó un grito, asustado, y soltó a Wardford, aunque hacía ya rato que el corazón de este había sido arrancado por el cabo Trenton y no era necesario que continuara agarrándolo.

Peter señaló el cuadro y, como en un sueño, oyó la voz del cabo que le llegaba distorsionada:

—¡No lo mires! ¡No lo mires!

Sintió un contacto frío en la frente y los ojos se le nublaron. Su cuerpo tembloroso comenzó a caer hacia el suelo, no llegando a golpearse contra él al ser sujetado por dos de sus compañeros.

Antes de desvanecerse en las nieblas de un bendito olvido oscuro, vio el dibujo del talismán que el cabo había colocado contra su frente llameando, y supo que solo gracias a ello había salvado su alma de ser consumida por el hombre negro.

La finca del señor Wardford